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Septiembre

El tiempo pasa inexorable y ya estamos en septiembre. Época de cambios y de retornos. De inicios y de finales. Las calles parecen adormecidas tras los abusos del mes pasado. A lo lejos se escuchan tristes y sosegados pasos que, sin ánimo, se deslizan a través de los primeros rayos de luz. El trabajo empieza para algunos mientras que otros siguen si él. La vuelta no será vuelta para ellos, sino continuación sin final. De búsqueda y de espera, de esperanza y desesperanza, de añoranza de lo que antes tanto se quejaban.

 Septiembre es melancolía. Septiembre es caer de hojas. El mes de la vuelta a todo y del comienzo de nada. Porque en el fondo nada cambia. Pero aun así, me encanta. Me encanta el olor de la lluvia. Me gusta ver como el amarillo deja paso al verde en los campos y como el cielo se vuelve más azul. Me gusta el otoño mediterráneo en dónde las montañas florecen de nuevo.

 Con la puesta de sol otro día acaba. Pero mañana amanecerá de nuevo. Otro día, en dónde todo vuelve y nada cambia.

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No hay mal que por bien no venga.

La vida da muchas vueltas. Hace unos años la gente se quejaba porque había muchos inmigrantes y les echaban la culpa de algunos de sus problemas. Ahora, en cambio, parece que más de la mitad de los jóvenes españoles desean o no tienen otra salida que abandonar este país, ya que encontrar un trabajo decente (o no tan decente) aquí es más complicado que encontrar una aguja en un pajar. He visto como poco a poco, mucha de la gente que conocía se ha ido a un sitio u otro. Muchos de ellos ya han rehecho su vida en estas naciones que les acogieron y no son más que un recuerdo en la distancia. Otros en cambio hace poco que se marcharon y el destino dirá si será para volver o para quedarse.

 Pero como reza el título de este post e intentando ver la vida de una manera optimista: no hay mal que por bien no venga. Os preguntareis que de bueno veo en este exilio forzoso de miles de personas y no es otro que tener amigos en todos los países de Europa. De entre todos estos, Alemania se ha convertido en destino predilecto para todos aquellos que quieren abandonar las listas del paro o simplemente encontrar un trabajo que les llene más. Muchos compañeros y conocidos, algunos amigos y un par de familiares se han instalado allí en los últimos meses y uno de ellos me ha invitado, muy amablemente, a pasar unos días en la capital bávara. Y aquí es donde el “no hay mal que por bien no venga” cobra su sentido. Hay que tener en cuenta que los últimos meses han sido un fracaso laboralmente hablando y mi economía no estaba como para salir de vacaciones este año, así que la invitación ha llegado como agua de mayo. Por muy poco podré acercarme a este país que ya conocí en su día y que tiene mucho más que trabajo para ofrecer a sus visitantes.

 Sin alargar más el escrito de hoy me despido por unos días con un hasta luego, puesto que pronto estaré de vuelta por estos lares y puede que me anime a contaros algo de mi estancia por tierras teutonas.

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¿Estudias o trabajas? Me desespañolizo

Aún recuerdo aquellos maravillosos años en los que me preguntaban repetidamente el tan manido tema de ¿estudias o trabajas? Hace unos años respondía alegremente que trabajaba y que tenia una profesión, me había costado muchos años de estudio pero al fin lo había conseguido. Curiosamente los años han ido pasando y, a mi edad ya no se preguntan estas cosas. Ahora la pregunta habitual suele ser: y tu, ¿de que trabajas?, sin más. Oye pues resulta que no trabajo, que estoy en el paro, que estoy buscando un trabajo, que estoy desempleada… vamos, que se puede decir de muchas formas pero a cual peor. Y luego para acabar de hundirte en la miseria la segunda pregunta que sobreviene suele ser: ¿y a que te dedicabas antes?

 Antes, palabra funesta donde las haya.

 Cansada de escuchar esta eterna repetición de preguntas y respuestas he decidido cambiar el curso de las cosas y ponerme a estudiar. Sí, eso es lo que he hecho. Ahora cuando me preguntan, ¿en que trabajas? respondo que no trabajo, que estoy estudiando. ¿A sí? Sí sí sí estudio francés. Con lo cual he logrado que la gente me mire bastante raro, pero he dejado de dar lástima y ya nadie intenta consolarme y decirme que ellos están igual. Ya no me sumerjo en conversaciones pesimistas y fatídicas en las que se lleva a toda la humanidad al Apocalipsis total. Simplemente la gente se me queda mirando y piensan que se me va la olla, pero eso ya me da igual.

 Hace ya dos años que empecé (aunque me parezca que fue ayer) y cada día aprendo alguna cosa nueva de esta lengua. He llegado a quererla y a apreciarla y poco a poco la he ido interiorizando (aunque aún me queda mucho pero que mucho por aprender). Tanto qué hasta he tenido sueños en los que yo y los demás protagonistas hablaban en francés. Pensareis que esto no es nada raro, pero para mi es algo extraordinario y ahora os contaré porqué.

 Me siento muy orgullosa de vivir en una de esas regiones del mundo en donde la gente es bilingüe. Cosa, que por otro lado, no pienso que sea para nada una situación extraña ni poco habitual. Hay mucha gente que usa en su día a día más de una lengua sin que esto le ocasione ningún problema. Pero, solo había un lugar sagrado en el que mi lengua materna era la única que existía, donde ninguna más podía entrar, este lugar no es otro que el mundo de mis sueños. Jamás he tenido un sueño en castellano, aunque en él salieran personas con las que habitualmente hablo en castellano. En cambio, dos años han servido para que el francés ya haya aparecido en más de una ocasión. Es posible que tras esta confesión no vuelva a escribir más y me internen como un caso grave de españolización. Aunque siempre podré decir a mi favor que lo escribí en castellano.